IRLANDA, NACIÓN MILENARIA

VIKINGOS, NORMANDOS E INGLESES


A finales del siglo VIII, la pacificada Irlanda sufrió la invasión de los vikingos, interrumpiendo un periodo de esplendor cultural que había florecido entorno al incipiente cristianismo celta que después convergió en la ortodoxia católica. La expansión de los invasores trajo la destrucción y una suerte de edad oscura que recordó los tiempos del pillaje y las luchas entre los reinos celtas de la isla padecidos en épocas pasadas. Los vikingos –como antaño los celtas–, cayeron sobre toda Europa, sus embarcaciones muy estables y de bajo calado, remontaban los ríos de medio continente sembrando el caos y la destrucción y llegaron hasta puntos tan alejados de su lugar de origen como Sicilia, el Norte de África o las remotas Groenlandia, tal vez Norteamérica e Islandia que antes ya había sido visitada por monjes irlandeses. En muchos de esos lugares los vikingos fundaron reinos que, con ser efímeros, constituyeron intentos de asentamiento en diversos puntos de Europa, también en Irlanda. La actual capital, Dublín y otras ciudades como Cork o Limerick –entre otras–, fueron fundadas por vikingos mediando el siglo IX.

Como ha ocurrido en toda la sufrida historia europea, una invasión sucedía a otra y en el siglo XII aparecieron en la isla los normandos, ello causó la reacción de Enrique II, rey de Inglaterra, que temeroso de que éstos fundaran un reino rival en Irlanda –tal como había sucedido en Inglaterra–, decidió enviar una fuerza militar a la isla para prevenir tal posibilidad, desde entonces hasta hoy, la presencia de contingentes llegados de Inglaterra ha persistido por una u otra causa hasta nuestros días, siendo el actual Ulster o Irlanda del Norte, el vivo testimonio y recordatorio de tales hechos.

Durante el siglo XIV, Inglaterra empezó a ambicionar el control total de la isla, a fin de cuentas eran tierras a explotar y una población masculina susceptible de ser reclutada a la fuerza en las futuras guerras que Inglaterra iba a librar. En 1541 el rey de Inglaterra, Enrique VIII, se autoproclamó al unísono, rey de Irlanda; llegó a considerar a la isla entera y sus habitantes como una posesión personal e intentó imponerles su confesión anglicana enfrentada a Roma, cosa a la que los irlandeses fueron renuentes. A principios del siglo XVII sucumbían los últimos focos de resistencia gaélica, poco tiempo después, un importante movimiento humano de ingleses y escoceses protestantes empezó a colonizar el Ulster con la idea de convertir a sus habitantes a tal confesión, añadiendo así nuevas tensiones a un ámbito que ya hacía siglos se hallaba enrarecido por la presencia impuesta de los ingleses, enfrentados a la iglesia católica romana. En pocas décadas aquellos “misioneros” se convirtieron en terratenientes que se enseñorearon del Ulster a su antojo bajo la permisividad inglesa. La ciudad de Londonderry –la actual Derry–, al norte del Ulster, se convirtió en un bastión protestante resistente a los constantes choques y rebeliones de los autóctonos católicos, de lo cual aún hoy, las sólidas murallas de esa ciudad son un constatable recuerdo. Más tarde, ya en el siglo XX, la ciudad se hizo tristemente famosa, por hallarse inmersa en constantes y trágicas confrontaciones entre tropa británicas y republicanos partidarios de la reunificación con el Sur.

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