LOS NIBELUNGOS Y EL ORO DEL RHIN

SIGFRID: EL HÉROE GERMÁNICO


El héroe Sigurd era conocido en Escandinavia e Islandia con ese nombre, mientras que en el área germánica lo sería inicialmente como Sîvrit o Seyfried, y con posterioridad bajo el nombre de Siegfried (Sigfrido). Sus hazañas son tan diversas a lo largo de las sagas y cantares que en la actualidad, aún siguen siendo motivo de trabajo e investigación por parte de prestigiosos mitólogos y filólogos.

Los principales documentos y escritos antiguos de que disponemos son los ya comentados Edda Mayor y Menor, la Saga de los Volsungos, la Saga de Thidrek, el Cantar de los Nibelungos y el Cantar de Hürnen Seyfrid. Hay que resaltar que los elementos que surgen en estas sagas son, en origen, muy anteriores al de las versiones que se escribieron en el espacio de los siglos que van del IX al XIII. De tal manera, esos relatos prueban que el trasfondo ideológico, mítico y religioso ya existía antes de la época de las migraciones germánicas y nos lo corroboran las fuentes latinas, a través de Julio César y Tácito así como los vestigios arqueológicos mediante sus inscripciones rúnicas. No hay que olvidar que este mito heroico no sólo es de carácter indoeuropeo sino universal, ya que encontramos parámetros similares en relatos como el Mahabharata hindú, en las viejas épicas griegas y aqueménidas, así como en la tradición egipcia y búdhica y, también en los modernos relatos de las vidas de Jesús, San Jorge y San Miguel así como en un sinfín de leyendas medievales.

Los versos iniciales del Cantar de los Nibelungos anuncian el tema general de la obra, como ocurre también en los poemas clásicos homéricos: Crimilda (Kriemhild), joven princesa de los burgundios, es hermana de tres reyes llamados Gunther, Gernot y Giselher, siendo una de las más hermosas doncellas que viven en la ciudad de Worms (Dracontia), situada a orilla del río Rhin. En uno de sus sueños se le aparecen dos águilas que matan a su halcón favorito, hecho que su propia madre interpreta como un nefasto presagio ya que el halcón viene a simbolizar al hombre con el que se va a casar. Aquí entra en acción Sigfrido (Siegfried), hijo de un noble rey de los Países Bajos y conquistador del reino y el tesoro de los Nibelungos que arrebata al dragón, dándole muerte y bañándose en su sangre para hacerse invulnerable, más durante esa operación una hoja de tilo se posa en su espalda y queda dicho lugar sin protección –como ya hemos visto en la versión nórdica–; de forma parecida ocurre en otras epopeyas como con el talón del guerrero griego Aquiles.

Movido por la fama y hermosura de Crimilda, Sigfrido se dirige hacia Worms, la capital del antiguo reino burgundio. El rey Gunther, hermano de Crimilda, ofrece al joven y valiente Sigfrido, mediante la prestación del correspondiente vasallaje, la mano de su hermana a cambio de que éste lo ayude, sirviéndose de la capa invisible Trankkape y de la invencible espada Balmung, a conquistar a la cruel Brunilda (Brünhild), reina del remoto reino de Islandia. El mal entendido orgullo desatado entre Crimilda y Brunilda provocará la inevitable tragedia, en una disputa de preferencias a la entrada de la catedral de Worms que pondrá en marcha los nefastos resortes que provocarán la muerte de Sigfrido a traición, por la espalda, cuando éste bebe de una fuente en el llamado Bosque de Odín. A partir de aquí, Crimilda sólo pensará en la venganza al casarse con el rey Etzel (el conocido Atila, rey de los hunos), cuyo ejército provocará la hecatombe final de los burgundios.

Sin duda, todos los personajes del Cantar de los Nibelungos, son los propios de una narración épica en la que no faltan infinidad de vicisitudes e infinitas peripecias. Al final, la maldición del Oro robado por los mismos dioses se apodera, a su vez, del héroe Sigfrido transfiriéndose al ámbito humano ya que desencadena efectos desmesurados, entre ellos, con el inevitable exterminio y muerte de todos los protagonistas. De robo en asesinato, de engaño amoroso en venganza amorosa, la última palabra se traslada finalmente al fuego purificador. Toda es fuerza está sometida a los designios del destino que, finalmente, es la tragedia en sí misma.

Se puede decir que el poema se divide claramente en dos partes. Si en la primera la figura predominante es la de Sigfrido con sus grandes hazañas y, finalmente, su muerte a traición; en la segunda parte, es básicamente la atroz ansia de venganza de Crimilda, superior incluso a su deseo de vivir y a su condición de madre y hermana, la que arrastra toda la acción y, casi podríamos decir, a todos los personajes.

Como una corriente subterránea surge, ya en la Aventura I ,el anuncio de una caída y de un final que no es otro que el del mundo pagano germánico que sirve de sustrato a toda la historia. El origen de la fortuna de Sigfrido, el fabuloso tesoro arrebatado a la tierra y custodiado por sus dueños, los Nibelungos, lleva aparejada una ruptura del orden moral del mundo, pues el oro y los metales son elementos sagrados, siendo potenciales portadores de desgracias para todos cuantos hacen un uso indebido de ellos. Su posterior devolución al río Rhin, una vez muerto Sigfrido, no deja de ser un intento en vano de detener lo inexorable.

Por otro lado, en las aventuras de carácter mágico que sobreabundan en la primera parte del poema, vemos cómo resuenan en ellas el inconfundible eco de antiquísimas leyendas. Y, por último, en el sangriento, y tremendo final de la obra se advierten otros ecos que inciden en la obsesión por el fin de los tiempos –reforzada por el milenarismo apocalíptico cristiano que impregna la poesía germánica–; también en el Muspilli o incendio final del mundo, que anticipa el crepúsculo de los dioses y la desaparición definitiva del orden antiguo que ya fue recopilada por Snorri Sturluson en la Edda Menor.

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