ARTESA, PASO A PASO (SERIE LA LLEIDA ANCESTRAL)

2/ Desde los orígenes hasta el año cero de nuestra era


Es bien conocido que desde los inicios de la conciencia humana ha habido una necesidad de interpretar el entorno y la propia existencia. Mircea Eliade (1978,15) nos dice: lo “sagrado” es un elemento de la estructura de la conciencia, no un estadio de la historia de esta conciencia. En los niveles mas arcaicos de la cultura, la vivencia del ser humano, es ya de por sí un acto religioso, ya que tomar un alimento, ejercer la sexualidad y trabajar son actos que poseen un valor sacramental. Dicho de otra manera: ser – o mejor dicho – hacerse humano significa ser “religioso”.

Este razonamiento nos sitúa en la dirección necesaria para valorar las diferentes manifestaciones artísticas y arquitectónicas esparcidas por todo el municipio desde la ya mencionada época neolítica hasta la actualidad, contextualizándolas en la visión religiosa global en nuestro territorio.

Para liderar las diferentes muestras que han perdurado a lo largo de los tiempos, es preciso citar las pequeñas hachas de sílex encontradas cerca de Vernet, con toda probabilidad fabricadas en la manufactura neolítica situada en La Roureda, a poca distancia de la anterior población. Su utilidad era el formar parte de los ajuares de los enterramientos. De esta manera, pues, tenemos una antigua expresión cultual, de culto, que nos documenta por medio de los utensilios depositados en los enterramientos, un pensamiento que va más allá de la muerte, un pensamiento de carácter religioso. A pesar que desde el Paleolítico se describen manifestaciones religiosas, es en la etapa del Neolítico donde se hace patente una toma de conciencia del hecho religioso mucho más estructurada.

Consecuencia del sedentarismo es básicamente en la actividad del cultivo donde se manifiesta la existencia del ciclo vital del nacimiento, la vida, la muerte y el renacimiento, materializados en el trabajo del campo. Las estaciones marcan el tempo del ciclo evolutivo y la observación de la posición de los astros en la cúpula celeste se convierte en la herramienta que permitirá preveer cuáles son los momentos del año en que es preciso iniciar las diferentes actividades para tener garantizada una buena cosecha. Este trabajo de la tierra y su repetitividad estacional crea en el individuo la conciencia de la temporalidad y a la vez, como manifiesta M. Eliade (1978, 56), “de solidaridad mística entre el hombre y la vegetación”.

Es en este tiempo, a partir del tercer Milenio antes de Cristo, producto del contacto de los habitantes del territorio con pastores de otras procedencias, que se entra en dicha conciencia religiosa que emana de la propia tierra, del ciclo de la vida y de la muerte, que ya hemos mencionado, en definitiva de la adoración a la propia tierra representada en la figura de la Diosa Madre o Diosa Tierra. Esta divinidad, vigente a lo largo de toda la prehistoria y ya bien entrada nuestra historia, era adorada en todo el mundo indoeuropeo y simbolizaba la Tierra en todo su espectro creativo y de evolución, traducido en el nacimiento, la vida, la muerte y el renacimiento.

El tránsito que representa la muerte alcanza un significado muy importante y se hacen los entierros en los fondos de galerías de las cuevas, como son los casos de la Cova dels Picalts en Lluçars, en la Cova de la Bauma de Santa Maria de Meià y otras cuevas de Alós, Os de Balaguer, Tartareu… o bien construyendo dólmenes entre los que destacan los de Loella del Llop, catalogado por Lluís Maria Vidal en el año 1893, también los de Vilanova de Meià y, ya dentro de nuestro término municipal, los de Montmagastre descubiertos y catalogados, en los últimos años, por los miembros de la Asociación Cultural La Roureda.

De entre estas épocas, dentro del municipio y en sus inmediaciones encontramos también diferentes manifestaciones pictóricas con períodos que alcanzan del Neolítico hasta la Edad del Bronce (Maluquer de Motes 1981, 13) con representaciones esquemáticas y algunas antropomorfas y zoomorfas que nos documentan una expresión gráfica, muy probablemente ligada al culto religioso. Son los casos de las pinturas rupestres de Antona, las de Aparets (limítrofe con Alòs de Balaguer), las de Baldomà y de otras situadas en el área de influencia del municipio.

También, cerca de Anya (Artesa de Segre), pero ya fuera de los límites del actual espacio municipal, encontramos la Roca del Mas de N´Olives, descubierta en el año 1981 a raíz de unas voladuras para construir una acequia. Esta roca fue estudiada por J.L. Díez-Coronel y en ella se pueden ver 34 figuras humanas en posición orante y entre ellas unas escaleras que, según nos informa Eva Solanes (2004, 33) expresan la distancia que separa la tierra del cielo. Esta roca que se puede fechar en la Edad del Bronce, parece ser que podría haber formado parte de un antiguo santuario y es una clara referencia al culto religioso.

Por lo que respecta a la posición orante, es decir con los brazos alzados, de las figuras representadas, Josep M. Rosinach (2001, 49) nos explica que durante el Neolítico surgen buena parte de los símbolos arquetipos que encontraremos repetidos a lo largo de los siglos en todas las religiones. Son de este momento las más antiguas representaciones fuertemente esquematizadas con el gesto del orante, que veremos mas tarde en la iconografía mesopotámica y egipcíaca, cristalizando en el cristianismo. Esta posición que se encuentra repetidamente representada en el arte pictórico románico, actualmente y a lo largo de los tiempos ha estado presente en el ritual de la celebración de la Eucaristía.

Recientemente, el autor del presente trabajo (2004, 215), descubre en una búsqueda de grabados cruciformes y cupuliformes en la zona del santuario de Refet, una roca de culto en la que se observan 21 incisiones cupuliformes, 14 cruciformes y una combinación de hendiduras grabadas sobre la superficie de esta piedra, la cual, a su vez está ubicada en una zona en la que, hasta el presente momento, he localizado 45 grabados cruciformes, algunos de ellos formando conjuntos de cruces y diversos cupuliformes aislados y en grupos. Creemos que muchas de estas cruces, los grabados cupuliformes y las hendiduras localizadas en este paraje se pueden situar entre el Neolítico Final y la Edad del Bronce. Esta datación se basa en la proximidad a un asentamiento de la misma época y en los paralelismos observados en otras representaciones de similar factura y morfología situados en diferentes lugares de Catalunya y Francia donde se ha certificado esta cronología. Aunque se sigue estudiando el significado de los grabados de esta roca, no podemos dejar de entender, por la disposición de las figuras, que dichas inscripciones tenían una función de culto y muy probablemente de ritual.

En las cercanías del año 1000 a.C. se produce una fuerte entrada de gentes del Norte que llevan consigo nuevas ideas religiosas, las cuales comportan una visión clara de la supervivencia del espíritu después de la muerte (Maluquer de Motes 1981, 15), estamos en la época del Bronce Final y la Edad del Hierro. La forma de entierro cambia radicalmente, esta nueva cultura, en nuestra comarca, practica la incineración y entierra en los llamados campos de urnas, espacios donde se dan sepultura a estos recipientes que contienen las cenizas de los difuntos.

Hemos de considerar, asimismo, que en aquellos momentos de la prehistoria los árboles eran un elemento importante de culto, sobretodo las encinas, árboles sagrados que simbolizaban el arraigo a la tierra y, a través del tronco y las ramas, la conexión entre el mundo terrenal y el cielo. El árbol se convertía en un elemento sagrado en torno al que se celebraban diferentes rituales, algunos de los cuales han perdurado hasta nuestros días y otros han evolucionado, como las danzas en círculo que bailadas alrededor de estos árboles simbolizaban la rueda del ciclo anual.

Estos rituales han ido evolucionando a lo largo de los tiempos, conviviendo y compartiendo, en cada uno de los momentos históricos, actos y ceremonias con las creencias religiosas que se han ido sucediendo, adaptándose a las circunstancias rituales y de creencia de cada una de estas épocas. En referencia a los rituales celebrados al amparo de árboles significativos, en el municipio de Artesa de Segre hace falta nombrar la encina milenaria del santuario de Refet, donde según nos dice Joan Bellmunt (2.000,273), las gentes del país se citaban para concertar noviazgos, así como otros ritos de aparejamiento bajo resguardo de una encina que se refleja también en otros ámbitos del continente europeo, los cuales, todos ellos, se asemejan a prototipos de antiguos ritos que han perdurado y evolucionado a lo largo del tiempo.

La encina de Refet que se cortó después de su muerte, en una fecha incierta entre los años 1970 y 1980, además, tenía un especial significado, ya que se le atribuía como lugar de descanso de Arnau Mir de Tost en la Edad Media en el transcurso de sus batallas contra los moros del Mascançà (Lladonosa 1990,455). El propio Lladonosa escribió en la historia de Artesa de Segre y su comarca: su derribo fue una auténtica lástima, ya que su tronco y raíces eran coetáneas del nacimiento de Catalunya.

A pesar que la encina de Refet no existía en tiempos prehistóricos, con toda probabilidad, en los encinares de estos parajes deberían existir ejemplares considerados sagrados por los habitantes del momento, como se desprende de un estudio reciente (Pérez Conill Miquel Torres, Ramon I. Canyelles 2004, 171-228) en el que dejamos constancia que la partida de Refet ha mantenido la condición de lugar sagrado y de culto desde la prehistoria hasta la actualidad.

Por lo que respecta a las danzas ancestrales actualmente encontramos en el municipio tres exponentes en los bailes tradicionales dels Cascavells (de los cascabeles), representado en el espacio religioso de Refet en la fiesta que, celebrada en la primavera, simboliza la eclosión de la naturaleza; el Ball Rodó (el Baile Circular) relacionado con el faenar del campo i el Ball festiu de la Contradansa d´Alentorn (el Baile festivo de la Contradanza de Alentorn). Joan Amades (el gran costumbrista catalán) en relación con el Ball Rodó (1950, 2, 298) nos dice que estos bailes son comunes en los diferentes pueblos europeos y que la etnografía opina son restos de ritos de la fecundidad y de protección y preservación colectiva de la tribu y del clan en general. De la Contradansa (1950, 4, 814) nos comenta el carácter arcaico de baile popular. Del baile de Cascavells hemos de decir que es una evolución del baile de bastones, considerado uno de los bailes populares con raíces históricas más lejanas.

Los antiguos pobladores autóctonos que desde el Neolítico, evolucionaron solos hasta el Bronce Final y la primera Edad del Hierro en la que se mezclaron con los pobladores llegados del Norte europeo con quienes compartieron sus rasgos sociales, culturales y religiosos. Esta mezcla evoluciona sobre el siglo IV a.C. con la formación de los íberos ilergetas que habitan en el territorio, de cuyo hecho tenemos un buen exponente en el poblado de Antona, actualmente en fase de excavación. Ésta es una cultura más avanzada en la que, entre otros rasgos, destaca ya el dominio de la escritura. Las bases de su mundo religioso no se distancian mucho del anterior estadio. La mezcla con pobladores provenientes de otros lugares, éstos aportaron la iconografía que representaba diversas manifestaciones de la Diosa y otras figuras de culto.

De este instante histórico tenemos mucha más información, ya que los invasores que acabaron con esta cultura, los romanos, nos dejaron constancia por escrito. Gracias a dichos escritos y contrastándolos con las investigaciones arqueológicas se ha podido saber que el culto de esta cultura se realizaba, básicamente en tres tipos de ubicaciones, los Loca Sacra Libera, espacios de culto rurales, los Santuarios y los Templos que se corresponden, en cierta manera, a los espacios religiosos cristianos actuales. Estos espacios de culto eran situados en lugares “orientados” por la misma naturaleza, es decir, siguiendo las fórmulas ya instauradas en el Neolítico y la Edad del Bronce, en terrenos donde emanaba una fuerza espiritual que surgía del interior de la tierra.

En la cultura de los íberos, por lo que respecta a su aspecto religioso, es preciso destacar la adoración a diferentes manifestaciones de la Diosa Madre de las que desconocemos con que denominación se manifestaban en nuestro territorio, mientras que en otros lugares del mundo ibérico se representaban bajo el nombre de Artemisa, Tanit, Demeter, Astarté, etc… A estas divinidades les eran ofrecidas por sus fieles grandes cantidades de exvotos, tal como los conocemos en nuestros días, en forma de figuras humanas, representaciones de las divinidades, de animales (principalmente caballos y toros) y de miembros del cuerpo humano, entre otras figuras, las cuales eran de bronce y de barro. Una vez ya llenos los lugares de culto de estas ofrendas eran vaciadas en depósitos o enterradas en un lugar fuera del alcance de las personas, dado que pertenecían a la divinidad.

Los íberos mantenían la incineración de los difuntos y el entierro en urnas, todo y que junto con las cenizas depositaban las pertenencias del muerto, las cuales aparecían quemadas por haberlo sido junto con el cadáver. Estas urnas eran enterradas en cementerios próximos a los poblados y en algunos casos coronados con una estela conmemorativa, recordándonos hoy las cruces que vemos en las tumbas excavadas en el suelo de nuestros cementerios.

Los niños pequeños que aún no habían superado la ceremonia de afiliación y por tanto, no tenían acceso a la necrópolis ni al mundo de los muertos, eran inhumados en el subsuelo de las casas familiares. Este ritual podría tener relación con las actividades agrícolas y pastoriles en algunos casos, mientras que en otros haría falta pensar en ritos fundacionales y en otros, inclusive, de ritos de protección de la casa. (Adolgo J. Domínguez, 1995, 3. 3. 10).

En el año 218 a.C. los romanos desembarcan en Ampurias y es en este mismo año que destruyen también la capital de los íberos ilergetas: Atanagrum (o Athanagia). Esta ciudad, que no volverá a surgir en la historia, podría tratarse del poblado de L´Espígol, en Tornabous (Maluquer de Motes, 1981, 21). Los romanos beben de las fuentes religiosas griegas mimetizando algunos de sus dioses, los cuales, todos ellos, representaban diferentes ámbitos de la vida. A pesar de su afán conquistador, adaptaban su religiosidad a las formas de cada espacio conquistado. El culto que se ceñía a los antepasados y a las divinidades protectoras era realizado en un espacio determinado del hogar y dirigido en la intimidad de la casa por el cabeza de familia, quien congregaba a todas las personas que lo habitaban, familiares y siervos. Dentro de la gran amalgama de dioses venerados por el pueblo romano, para el presente trabajo nos conviene reseñar al dios Terminus que protegía los términos y fronteras, el cual era representado con piedras y señales en los puntos limítrofes y del cual volveremos a hablar más adelante.

A pesar del establecimiento de dos grandes ciudades situadas relativamente cerca de Artesa de Segre, como fueron las antiguas Aeso (Isona) y Iesso (Guissona), además de la Ilerda (Lleida) romana, por lo que hace referencia a los restos de la cultura romana hallados en nuestras tierras, han sido hoy por hoy más bien escasos, concretándose básicamente en dos hebillas localizadas en Santa Cecilia y en Antona (Maluquer de Motes, 1986, 18) y unos restos de cerámica sigillata (firmada con la marca del artesano) encontradas por el Sr. Rafel Gomà, las cuales, actualmente, están expuestas en el Museu del Montsec en Artesa de Segre. Los romanos representaban una cultura bastante avanzada en la que las localizaciones y la forma en que construían sus viviendas no difería mucho de las actuales estructuras de vivienda de manera que, muy probablemente, alguna de sus antiguas construcciones se hayan transformado en las actuales masías del municipio. La presencia del imperio romano se mantiene hasta el siglo V, pero va a ser a partir del siglo II que ya se empiezan a encontrar referencias del cristianismo en nuestro territorio.

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