EL CASTRO DE BAROÑA

LA CULTURA CASTREXA. (SERIE GALICIA MÁGICA)

Una de las parroquias que constituye el municipio coruñés de Porto do Son, alberga en una pequeña península que se adentra en el océano Atlántico, una joya legendaria: el castro de Baroña, uno de los mejor conservados de Galicia


17.03.2009 Texto y fotos: Mª BELÉN FRANCO MOURIZ

La cultura de los castros no es única de Galicia. Muchas otras zonas de España cuentan con este tipo de poblados, cuyos asentamientos, los castros, dan nombre a esta cultura. Se habla, así, de una cultura castreña. La tradición histórica, que se forjó a finales del siglo XIX en Galicia, atribuía a los celtas la constitución de la cultura de los castros y los rasgos más peculiares de la Galicia actual. Actualmente, esta tradición histórica todavía perdura, pero es conveniente darle al término celta una acepción más vaga que, según algunos historiadores, quizá sea rechazada en un futuro.

Basándonos en las últimas investigaciones, la cultura de los castros en Galicia es diferente a la del resto del territorio peninsular; de ahí que se emplee el término de cultura castrexa para referirse a esta etapa cultural que se desarrolló en toda la Galicia actual y también en el norte de Portugal. El espacio geográfico que ocupó esta cultura abarcaría los antiguos conventos jurídicos de la época romana: el convento Bracarense y el convento Lucense. Es imprescindible, pues, conservar, independientemente de la lengua que se use, la grafía y el sonido gallegos. No es necesario añadir la palabra Noroeste a la expresión cultura castreña para diferenciarla de las de otras comunidades pertenecientes a esta etapa cultural y de características similares, que se desarrollaron en otros puntos de la geografía española. Es suficiente con añadir una «X» para diferenciarla.

Hasta hace pocos años, la tradición histórica atribuía el origen y la formación de esta cultura castrexa a la llegada de los pueblos foráneos –celtas o indoeuropeos– a estas tierras del noroeste peninsular y que se establecieron en ellas imponiéndose por la fuerza sobre las gentes que las habitaban. El punto de partida era un poema geográfico: la Ora Marítima de Avieno. Una parte del poema lo conforma el periplo de un autor masaliota, en el siglo VI a.C., que indica que los tartesios mantenían vínculos comerciales con los habitantes del litoral atlántico, llamados los Oestrimnios, expulsados de estas tierras por una invasión de serpientes que se constituyeron en el emblema del pueblo de los Saefes. Por consiguiente, la conclusión que se sacaba de esta teoría era la de que el pueblo de los Saefes dominaba en el siglo VI a.C, en el noroeste peninsular, después de haber conseguido someter a los Oestrimnios, creadores de la cultura del Bronce. Pero, actualmente, se cuestiona esta teoría simplista imponiéndose un esquema más complejo que señala la llegada de un caudal considerable de elementos culturales centroeuropeos pertenecientes a la cultura hallstática tardía, procedente del Alto Rhin y noroeste de los Alpes, y fechada entre los años 520 y 470 a. C., además de influencias atlánticas, mediterráneas e incluso ibéricas, y que se asientan sobre una fuerte substrato indígena del Bronce Final.

Coincidiría todo ello con un periodo climático subatlántico que se caracterizó por un aumento de la humedad y de las temperaturas originando la expansión de las zonas boscosas. La fusión de todos estos elementos dará lugar a la denominada cultura castrexa. Sin embargo, parece que los caracteres definidores de la cultura castrexa todavía son complejos y, según algunas líneas de investigación, pueden ser susceptibles de modificarse en un futuro. Así pues, parece que, en torno al siglo V a.C., época del Bronce Final, se situarían los inicios de lo que se podría considerar ya como cultura castrexa, en la que se sustituye, además, la técnica metalúrgica del bronce por una nueva: la del hierro.

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