LA INCREÍBLE AVENTURA DEL CRISTIANISMO CELTA

(COMO LOS IRLANDESES INVADIERON EUROPA)

"Cuando el Imperio Romano de Occidente sucumbió todo el conocimiento, la filosofía y el pensamiento grecorromanos se estremecieron como en un último hálito. Solo Bizancio y sus àreas de influencia, conservaron una parte de esos conocimientos. El resto de Europa sucumbióa a una edad oscura donde los pergaminos, los legajos y las escrituras iban a servir para prender hogueras y las piedras de los antiguos palacios para construir establos...". Pero no todo se perdió, algo sorprendente iba a producirse en una remota isla, más allá de Britania...


23.02.2009 Texto y fotos: JOSEP Mª ROSELLÓ

LA PROFECÍA DE LAS DOCE ÁGUILAS

Como cada invierno el río Rin se había convertido en un camino helado. La naturaleza tomó, una vez más, parte en el transcurso de la historia y todas las circunstancias se conjuraron para que ésta tomara un nuevo rumbo.

A ambos márgenes del río, se apostaban dos mundos. En la orilla sur las legiones romanas, bien equipadas y adiestradas, pero muy inferiores en número. Si pudiéramos observar con detenimiento la indumentaria de un legionario romano, denotaríamos como cada una de las piezas que la forman está diseñada, no sólo para que sea útil y efectiva, sino que además reconoceríamos en ellas el sello de lo civilizado. Cuando las circunstancias lo permitían, hasta el rancho de la tropa estaba cuidadosamente pensado, para alimentar equilibradamente y también para que fuera atractivo a la vista.

Al otro lado del río, acechante, una indeseable turba de sombras greñudas, un ejército de parias acuciados por una fuerza potentísima: la desesperación. Durante siglos, las tribus germánicas habían sido una pesadilla para el Imperio y la obsesión de sus césares fue protegerse de ellas, pero ahora estaban siendo hostigadas por implacables hordas llegadas del este que les presionaron a moverse hacia el sur, hacia la civilización; corrían las primeras décadas del siglo V. En realidad, Roma nunca se impuso como objetivo anexionarse territorios bárbaros, sino que más bien siempre pretendió prevenirse de ese incivilizado mundo. Durante siglos el Imperio los había contenido más o menos a raya y, salvo incursiones, la civilización se había mantenido a salvo. Pero ese invierno empezaría el principio del fin.

Cuando los bárbaros cruzaron el río, iban acompañados de mujeres y niños. Eran tantos que en algunos tramos la lámina de hielo cedió y cientos de desdichados fueron engullidos por las gélidas aguas, pero ni esa espantosa visión pudo detener el avance hacia el sur. Los germanos cruzaron así su Rubicón y, como el gran Julio César exclamara siglos antes: “La suerte está echada”, ellos debieron pensar algo similar.

Su superioridad numérica era su fuerza. A oleadas, lentamente, se abrían paso sin estrategia, pero con objetivos claros: huir, saquear el Imperio e instalarse en él. Al final lo conseguieron. Roma era ya por entonces sólo un símbolo. En la capital, surgida de una oscura aldea casi doce siglos antes, persistía la vieja profecía de las doce águilas, que vaticinaba la caída de Roma en la doceava centuria tras su fundación. La profecía se cumplió.

En ese momento las corruptelas internas la habían debilitado tanto y la decadencia era tal, que bastó el desordenado empuje bárbaro que en otros tiempos hubiera sido repelido con contundencia, para que el frente del norte se derrumbara como un castillo de naipes. Los bárbaros tenían ahora el camino despejado hacia el corazón del que había sido el mayor y más esplendoroso Imperio de la Antigüedad, pero en esa labor de demolición y derribo no estarían solos, más adelante, otros cómplices en la devastación culminarían la obra.

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