POR LAS CALLES DE TOKIO

Hace cinco siglos solo era una aldea, hoy es la gran capital asiática, una de esas ciudades del mundo que irradian una fuerte influencia cultural y económica que llega a todos los rincones del planeta


21.02.2009 Texto y fotos: INGRID PÉREZ

En el mundo actual las grandes metrópolis han devenido espacios de concentración humana, lugares clave donde se cuecen decisiones, tendencias, proyectos e innovaciones sociales y técnicas que influyen en su entorno. Por ello siguen atrayendo a gentes venidas desde cualquier otra parte del país o a veces del planeta, sea en busca de una oportunidad laboral, para formarse o solo por razones lúdicas, atraídos por una determinada oferta estética o cultural.

Tokio posee ese efecto imán, pues además de concentrar las altas esferas del poder político nipón, también acoge a importantes marcas multinacionales que han conquistado todos los mercados comerciales del globo con productos de todo género que han marcado tendencias. Éstos llevan implícitos, necesariamente, el desarrollo de la alta tecnología nipona que lleva décadas admirando, sorprendiendo y transformando al mundo entero.

Hace poco más de 500 años, Edo –así se llamaba este lugar– solo era una pequeña aldea sin notoriedad alguna en la intrincada sociedad nipona de la época. En realidad su transformación ha sido casi meteórica pues sobre ese originario asentamiento hoy se concentran más de 12 millones de almas en la capital del Japón. Pocas urbes del planeta han experimentado una transformación de esas proporciones en un período de tiempo similares.Tokio se halla hoy en el mapa del reducido elenco de ciudades del planeta donde se rigen los destinos del mundo.

A finales del siglo XVI, el señor Tokugawa, estableció en este lugar, al que debió considerar estratégicamente apto para sus planes, su propio cuartel general, al margen de la entonces capital Kyoto. Desde entonces, la antigua Edo ha sido la capital de facto del país. A pesar de eso, la residencia imperial permaneció en Kyoto durante siglos hasta que el emperador, y con él toda su corte, materializaron su traslado a Tokio en el siglo XIX, ante la elocuencia del peso comercial y estratégico que la ciudad estaba experimentando. En ese momento Tokio ya superaba con creces la cifra del millón de habitantes.

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