LA ÚLTIMA DANZA DE LA MUERTE (VERGES)

SERIE EMPORDÀ PUERTA Y PARAÍSO – IV

Desafiando el paso de los siglos, la localidad ampurdanesa de Verges mantiene a ultranza, gracias a sus vecinos, la última Danza de la Muerte que se celebra en nuestra península


04.02.2009 Texto y fotos: JOSEP Mª ROSELLÓ

Es medianoche del Jueves Santo y la localidad gerundense de Verges se halla literalmente atestada de un público que desea ver y sentir –con una extraña mezcla de curiosidad y atracción por lo macabro–, este raro acto. Una celebración que, año tras año, desde hace siglos, se escenifica entre las estrechas e intrincadas callejuelas de este pueblo situado a pocos kilómetros de la cosmopolita línea de playa de la Costa Brava. Con la perspectiva de la llegada de los primeros turistas en primavera, los vecinos de Verges llevan todo el invierno preparando minuciosamente este día, o mejor dicho, esta noche especial, mágica y única.

Como tantas otras localidades del país, Verges celebra su procesión y una escenificación teatral de la pasión de Cristo en la Plaza Mayor de la localidad, enmarcada entre sus murallas y torres medievales como decorado de fondo. Hasta aquí nada que no responda a la arraigada tradición de liturgias populares cristianas en toda la península, como lo son otras procesiones y romerías, algunas de ellas de un marcado origen pagano, aunque los orígenes de ésta celebración, no responden a ninguna de esas connotaciones. Aquí estos actos tienen un valor añadido que atrae, sin temor a exagerar, masas de gente que se concentran con la intención de contemplar en riguroso silencio la última Dansa de la Mort (Danza de la Muerte), que podemos ver en nuestro país. Por ello la localidad queda casi colapsada cada Jueves Santo y son muchos los que horas antes, prefieren adelantarse para tomar un buen puesto en la calle ante el paso de la procesión y en especial para ver su apéndice final, los danzantes que interpretan esta Danza de la Muerte.

Este ritual responde al recuerdo funesto de la peste y las hambrunas que se enseñorearon de Europa desde el siglo XIV. En esa época, y bajo tan terribles circunstancias, la Iglesia aprovechó la coyuntura para recrudecer su sombrío mensaje de muerte, insistiendo en lo nimio de la vida terrenal, presentado como un tránsito plagado de vanidades y tentaciones, aderezado con las oscuras actividades de los supuestos enemigos de la cristiandad, que actúan como agentes propagadores de todo tipo de males. Esas siniestras fuerzas, aliadas con el mismísimo Satán, afligirán sin tregua a las atormentadas almas cristianas. Y por si todo este panorama no fuera de por sí espeluznante, hubo que soportar que fuera la misma madre Iglesia quien acosara a sus propios fieles con el despreciante apelativo de pecadores, como un latiguillo que acabó siendo, sin duda, obsesivo.

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