BULGARIA Y LOS TRACIOS

DE LA VIEJA EUROPA A LOS ORÍGENES DE OCCIDENTE

En el corazón de la Península Balcánica se halla el país de los búlgaros una de las naciones más antiguas de Europa. Pero mucho antes de la aparición de éstos y de la llegada de los eslavos, un pueblo indoeuropeo se instaló al Sur del Danubio hace miles de años. Con el tiempo desarrollarían una cultura y una sociedad sorprendente; la historia los conoce como tracios. Sus dioses principales fueron Orfeo y Dionisos cuyo culto trascendió hasta la antigua Grecia.


30.10.2008 Texto y fotos: JOSEP Mª ROSELLÓ

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En 1396 los turcos otomanos culminaban la conquista de los últimos territorios libres de la antigua Bulgaria; tampoco los griegos, macedonios, serbios, croatas, bosnios o albanos pudieron evitar que sobre todos ellos cayera una larga noche de ocupación que duró casi quinientos años. No sería hasta el siglo XIX y los primeros años del pasado siglo XX cuando todos esos países fueron recobrando uno tras otro su plena soberanía. En el caso de Bulgaria, el denso manto de los siglos transcurridos bajo el yugo turco, pesó como una losa de la que con muchas penalidades iba recuperándose.

El país recobró una supuesta soberanía como un reino efímero, manipulado por potencias extranjeras y sin un rumbo claro. Circunstancia que se puso de manifiesto más adelante durante las dos grandes contiendas, cuando la monarquía búlgara siguió erráticas estrategias en las que siempre aparecía en el bando perdedor. Tras la Segunda Guerra Mundial, Bulgaria había votado ser una república pero ello no le permitió eludir otro largo e incierto túnel: el hermético Telón de Acero. De esta forma, el país se convirtió en otro satélite de la descomunal y todopoderosa Unión Soviética, una situación que abarcaría las cuatro décadas siguientes.

Hasta su reciente adhesión a la Comunidad Económica Europea, Bulgaria sonaba a los europeos como un país casi remoto y lejano del que nada o casi nada se sabía; hasta entonces no había destacado por nada en especial y su relevancia en el plano internacional había sido escasa.

Pero Bulgaria, como su vecina Rumanía, ha empezado a despertar –aunque ténuemente– reclamando la atención del mundo político y social europeo, pero también en el campo histórico y cultural a raíz de la redescubierta cultura tracia que hoy busca su encaje en las páginas de la historia de donde había sido desplazada, olvidada y casi siempre arbitrariamente ignorada. Pero los últimos hallazgos arqueológicos están situando adecuadamente cada uno de los estratos históricos que protagonizaron los tracios. Hasta hace bien poco, nadie se planteaba que Dionisos, el famoso dios de la Antigüedad que simbolizaba la regeneración de la vida a través del ciclo del cultivo de la vid, no fuera otra cosa que una deidad más del panteón griego, asimilado posteriormente por los romanos bajo el nombre de Baco. Lo mismo se creía de otro dios clásico, el gran Orfeo, cuyo mito fascinó durante siglos al mundo antiguo. Hoy es reconocido el origen tracio de ambos dioses.

Aunque el origen y la versión más remota de éstos y otros dioses estuvo en Mesopotamia. Estas figuras y su primigenio culto, debieron penetrar en Europa a través de la península Balcánica con la llegada de la agricultura. El espacio que hoy ocupa el territorio búlgaro, noreste griego y Turquía europea, que en la Antigüedad fue conocido como Tracia, fue, casi con toda probabilidad el punto de entrada, no solo de los primeros humanos de todas las especies provenientes de África y Asia y cuyos restos se han hallado esparcidos por Europa, sino también de las grandes tendencias y muchos de los descubrimientos que desde Oriente viajaron a Occidente, así lo atestiguan los numerosos vestigios arqueológicos de todas las épocas hallados en este territorio.

Con la llegada de los indoeuropeos a lo que hoy es Bulgaria, éstos retomaron los antiguos cultos agrícolas autóctonos, incorporando nuevas deidades a su panteón, probablemente a base de masculinizar a alguna diosa primordial. Con posterioridad, otros vecinos de idéntico origen indoeuropeo, los griegos, también incorporaron las figuras de Dionisos y Orfeo a su elenco deífico, que habían sido desarrollados por la cultura tracia. No obstante, a su llegada a Grecia, quedaron algo eclipsados ante otros dioses bastante más ostentosos y sobrecargados de proezas y heroicidades, tan míticas como insólitas y fantasiosas a las que los griegos fueron muy aficionados. Los tracios invistieron de masculinidad los originarios cultos a las diosas locales, pero preservaron su sentido original reconociéndolos como estrechamente ligados a la Naturaleza, la tierra y la regeneración de la vida, así como el papel fundamental de lo femenino; es decir que, mantuvieron las connotaciones de los cultos agrícolas, aparecidos mucho antes de su llegada a los Balcanes.

Mientras los griegos preferían admirar en sus dioses valores como la fuerza, la destreza militar, el individualismo y los rasgos propios de una masculinidad mucho más acentuada, Dionisos requería la necesaria colaboración femenina para llevar a término la sagrada misión de la regeneración de la vida mediante la unión sexual; mientras que Orfeo tañía su mágica lira y lloraba la pérdida de su amada esposa Evredika (Eurídice). Sin embargo, uno y otro iban a cobrar una importancia primordial en las sociedades tracia y griega.

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